sábado, 15 de diciembre de 2012

Hambre


“No eres tan cabrón como podrías ser”… 
Aún oigo mis propias palabras después de haber sucumbido a los deseos carnales que solo los que han gozado del éxtasis de las mieles del amor podrán entender.
Han pasado ya algunos días desde el incidente, y aun no comprendo lo que me sucedió. ¿Qué es lo que me persigue? ¿Qué persigo yo ahora? Sexo, calentura, admiración, reconocimiento o, tal vez, saciar alguna otra prohibida e innombrable necesidad… De cierto, solo sé que algo nuevo me está sucediendo y que tengo hambre, una demasiado grande e indefinida como para pedir comida educadamente. Esté anocheciendo. El viento helado provoca que los árboles de la banqueta choquen contra la venta de mi cuarto, haciendo un ruido similar a un animal que llora. Hace un frío terrible, un frío que: “Que cala hasta los huesos”, diría un escritor cualquiera. Cuán seductores son a veces los lugares comunes, cuando uno tiene hambre y está a punto de dar a luz a una nueva identidad; pero lo cierto es que no sirven de nada cuando de alimentar a un alma salvaje se trata. Tomo un taxi, voy  a visitar a una vieja y pervertida “amiga”. Ahí está, parada detrás de la cadena del lugar, su “trabajo” es decidir quienes entran y quienes son los parias que esa noche no probaran las sublimes delicias que coexisten en ese lugar.
Me ve: — “Sabes que no me gusta que vengas por aquí, es peligroso para alguien de tu edad”, (no creí necesario hacer la aclaración, pero yo tengo 20 años, y ella 32, soy probablemente la única persona de mi edad que ha entrado a ese lugar, obviamente por recomendación y bajo el cuidado de “ella”).
—Por favor. —Déjame entrar —Le suplico.
Entonces ella me mira y en ese momento con esa mirada tan tenue, sé que va a acceder. La fuerza de la costumbre y la tentación son demasiado grandes como para resistir. Le hace una seña a una de sus amigas, quien me toma de la mano y entramos juntos. Bebo lo que ella me da, al ritmo de “estamos en lugar prohibido, a punto de experimentar. YOLO”.
Cruzamos el humo, la luz, la pista de baile y la música; bailo pegado a ella.
Al fin después de unos minutos, logra vislumbrar en la oscuridad del lugar, a sus amigos.
Ahí, donde están los más viciosos de todos los viciosos, somos recibidos como viejos colegas. Hemos hecho esto infinidad de veces. La ruleta comienza a girar, al igual que la adrenalina. Hay que apostar y hay que ganar. Si pierdes, pierdes el derecho de elegir cómo y con quien tener sexo.
He ganado, perdido, pagado, y también he sido descubierto haciendo trampa. Una vez tuve que coger con una mujer que a su decir, no había tenido sexo en 3 años, tuve que dejarme pegar, y pasar a ser el juguete de una dominatrix que me dejó más de una parte de mi cuerpo lacerada producto de los constantes latigazos y golpes por demás excedidos de fuerza. Dejar que me mamaran un número interminable de mujeres, recibir 100 azotes en la espalda, recibir la orina a modo de Golden shower de las féminas que ese día eligieron castigo para mí, y por supuesto también me ha tocado ganar, he elegido a la mujer más buena de todo el puto lugar y la he puesto en innumerables posiciones, compartiendo su cuerpo con un par de mis amigos, penetrándola por todos lados y prácticamente usándola como un hermoso pedazo de carne.
¿Y si ganó? El mero hecho de ganar me conduce a más éxtasis al mirar el firme y deseable cuerpo de mi acompañante… Y así, en éxtasis a coger se ha dicho. Me meto en su cuerpo detrás de  la puerta de la oficina que hay en el 2do piso, en un baño cualquiera, en un habitación cualquiera, donde se pueda. Yo la devoro cual mana del desierto. Por un fugaz momento, el hambre cesa y a ambos nos parece estar sintiendo… amor. Cuán profundo desacato en este mundo corrompido.